El presente manifiesto o discurso pesimista fue escrito hace más de dos años. Soy consciente de que no figura entre mis mejores trabajos y, a día de hoy, no refleja realmente cómo me siento. No obstante, con el fin de evitar dejarlo en un estado de incertidumbre, he decidido publicarlo. He realizado algunas modificaciones sintácticas y mejoras generales para incrementar la precisión del texto, sin alterar en sí el mensaje o la idea que deseo transmitir.
-Es muy probable que decida eliminarlo en el futuro debido a su naturaleza transitoria.
En un mundo frío y despiadado, me encuentro caminando con mi pena arraigada en lo más profundo de mi ser. Desde siempre, he sido testigo de la fugacidad de las cosas, de la irremediable pérdida que el tiempo impone. Mis ojos, empañados por la visión borrosa, reflejan una mirada reticente, alejada de la complicidad con los demás. Me siento apartado de la gente, un cadáver ambulante que busca refugio en la soledad.
No soporto el hedor de la existencia ajena, es por eso que me recluyo en mi propio mundo, donde las palabras se convierten en mi única compañía. Me distancio de la hipocresía que impera en aquellos que se denominan seres humanos, pero que en realidad son adorables hijos de puta armados con cuchillos afilados de doble filo.
No encuentro ningún rasgo en común contigo, así que te doy la bienvenida a mi círculo de enemigos, aquellos con los que he entablado una danza macabra de desencuentros y desavenencias. Siempre naufragando en el vasto océano del castigo, me considero un mero espectador pasivo de mi propia desdicha.
En algún momento de mi existencia, anhelaba devorar el mundo, pero en cambio, solo me he tragado la amarga tierra de la desilusión. Todo se desvanece en un par de segundos, y lo que queda es solo una montaña de mierda que se acumula sin cesar. Las fuerzas que alguna vez habitaban en mi reserva se han agotado por completo. Ahora solo me devuelve la emoción aquello que me enfada, aquello que me sumerge en la espiral de la ira y el resentimiento.
No me he rendido, pero siento que he sido derrotado. Los ricos y los malos, aquellos que han nacido en cunas de comodidad y privilegio, se han alzado victoriosos sobre mí. Los que me han arrastrado hacia la oscuridad, los que han sido los verdugos de mi alma. Ellos han forjado el ser que soy en la actualidad. Si tan solo pudiera darme un consejo a mí mismo en el pasado, sería: "Elimínalos, no huyas por una vez en tu vida". El trauma puede ser eterno, pero la vida sigue siendo tuya, aunque parezca una carga insoportable.
El trastorno que habita en mi mente parece infinito, mientras que la culpa se desvanece lentamente. Ahora me toca vivir entre ilusiones vagas, donde cada paso se siente incierto y vacío. Parece que el dolor nunca encuentra su fin, y así transito por una vida caminando sobre la ardiente lava de la desesperanza.
La resignación se convierte en mi única opción. Me someto como un perro maltratado, con las orejas gachas y el espíritu quebrantado. Han cortado el tallo de mi ilusión con un hacha implacable, dejándome sin esperanza ni motivación. Me encuentro desorientado, con el corazón desarraigado, desprovisto de la vitalidad que solía tener de niño.
Floto en un estado de desvanecimiento constante, como un avión de papel a merced del viento. Mis sentimientos se convierten en títeres manipulados por un cruel titiritero llamado tiempo. Soy un ser indefenso, sometido al vaivén del temporal que azota mi existencia. Todo en mi vida se reduce a un eterno enfrentamiento con las adversidades y los obstáculos que se interponen en mi camino.
Los sueños que una vez alimentaron mi espíritu ahora yacen en el olvido, relegados a meros fragmentos efímeros de una realidad inalcanzable. Hace tanto tiempo que me he dado por muerto, que he dejado de sentir la pulsión vital en mi ser. Me pregunto qué será de mí, pero la respuesta siempre parece estar atrapada en los confines de mi propio ser. Siempre estaré aquí, encerrado en este espacio angustiante, sintiendo la nada como el único eco que me acompaña.
Las ilusiones se desvanecen en el horizonte, mientras mi vida se desmorona como un castillo de naipes. La sensación de vacío se arraiga en mi pecho, dejándome sin aliento y sin motivación para seguir adelante. Me siento perdido en el laberinto de mis propias emociones, sin encontrar una salida que me permita escapar de esta realidad desolada.
La tristeza se ha convertido en mi única compañera fiel, envolviéndome como una sombra ineludible. Ya no sé qué es sentir, qué es emocionarme genuinamente. El torrente de emociones que alguna vez inundó mi ser se ha secado, dejando paso a una vastedad desoladora. Todo lo que queda es una sensación de entumecimiento, una indiferencia abrumadora que me consume lentamente.
Me enfrento al espejo y veo a un ser despojado de vida, de esperanza, de sueños. La imagen que me devuelve es la de un naufragio humano, una existencia suspendida en la eterna lucha contra las corrientes oscuras que amenazan con arrastrarme hacia la profundidad del abismo.
En este manifiesto, me sumerjo en la amargura y en la desesperanza. Es un reflejo de la realidad distorsionada que habita en lo más profundo de mi ser, donde la tristeza y la resignación se entrelazan en un oscuro ballet. Aunque la crudeza de mis palabras pueda parecer abrumadora, quiero recordar a mi mismo que la vida está llena de matices y que la esperanza puede encontrar su camino incluso en los momentos más oscuros.
Durante la próxima semana, estaré ocupado con mis compromisos universitarios, ya que se trata de una semana de exámenes. Por lo tanto, es probable que no haya ninguna publicación de ninguna obra durante estos días.
-Luis Daniel
