II
Íncubo
La tentación, arma poderosa en manos del diablo,
mil ardides empleados para atraer a los incautos,
hundirlos en el abismo del profundo infierno.
Mas otras pasiones humanas ha sabido dominar,
ambición, codicia y lujuria, las tres tentadoras.
Obsesiones arraigadas, aún presentes en la iglesia,
que sucumbe a sus oscuros propósitos.
El diablo, advertido de que los "hombres de Dios"
no son inmunes a los pecados que acechan,
con ingenio maquiavélico urdió un plan.
Encarnándose como íncubo con las mujeres,
y como súcubo con los hombres,
despertó el interés de la tentación en sus corazones.
Su único fin: hacerlos caer en el pecado.
Ni la doncella más recatada, ni el caballero casto,
pueden resistirse a una tentación tan seductora.
Somos las víctimas preferidas del diablo,
y día tras día se nos insta a negar lo que nos tienta.
Pero las necesidades placenteras nublan la mente,
dificultando vencer nuestros instintos propios.
Negarlos sería negar nuestra esencia humana,
porque, inercia mediante, somos humanos.
La oscuridad se cierne sobre aquellos que luchan,
que se debaten entre lo prohibido y lo deseado.
La moralidad se desvanece frente a las ansias,
y los dilemas morales desgarran el alma.
El íncubo acecha en la sombra, seductor y pérfido,
danzando con lascivia en la línea del pecado.
El súcubo susurra promesas de placer desenfrenado,
entrelazando cuerpos en un éxtasis impío.
La noche es su cómplice, el velo que oculta sus artimañas,
y en susurros nocturnos siembra la semilla del deseo.
Las pasiones se desatan, liberadas de sus cadenas,
mientras la moralidad se desvanece en el horizonte.
El oscuro abrazo del íncubo envuelve al pecador,
y la caída en el abismo se vuelve inevitable.
El néctar de la lujuria se derrama sin control,
en un torbellino de placer y perdición.
El diablo, astuto maestro de engaños y seducción,
teje su telaraña en las profundidades del ser.
Y aquellos que se enfrentan a su abrazo tentador,
se debaten entre la luz y la sombra de su existencia.
¿Es acaso el pecado una condena o una liberación?
Un dilema que consume el alma y corroe los cimientos.
En esta danza perversa, entre lo prohibido y lo anhelado,
nos encontramos atrapados, enredados en sus garras.
El mundo oscuro del íncubo y el súcubo se expande,
mientras nuestras almas flotan en el abismo sin fin.
Somos marionetas en manos del diablo,
y solo con valentía y resistencia podremos escapar.
Pero cuidado, pues el placer y el pecado seducen,
y el deseo se alimenta de nuestras debilidades.
-Luis Daniel